La venganza masculina (sólo para hombres)

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Son las 3.30 de la noche, es domingo y acabo de llegar a casa. He cenado mucho y he bebido con moderación. Por eso puedo afrontar la redacción de un nuevo artículo. Últimamente mis noches acaban en  un local musical al que mi amigo Sergi y yo hemos bautizado como El Desguace. Es un conocido local muy céntirco de Barcelona frecuentado por una clientela heterogénea. Hay veinteañeros y sesentones. De estos quería hablar yo; o mejor dicho: de éstas. Las mujeres que pasan de los 50 y les cuesta poco disimular las ganas de que tipos como mis amigo o yo les prestemos atención. Te buscan con la mirada y ellas nunca la apartan. A veces tienes la sensación de que una de estas señoras vendrá a darte conversación o directamente a ofrecerte dinero para que seas su novio unas horas. Margaret Astor no hace milagros; el arroz se ha pasado y el I will survive encaja en el Desguace como en ningún otro local. Atrincherado en la barra con mi amigo y mi copa, por la que me han levantado 9 euros, devuelvo la mirada a las mujeres que me miran; las observo. Muchas de ellas me hacen pensar que hace 25 años debían de ser verdaderamente guapas. Trato de imaginarlas sin esas barrigas, sin esas arrugas y sin tanto maquillaje. Sin el tinte de pelo. Sin duda: 25 años atrás, a mediados de los 80, muchas de ellas tenían que estar tremendamente buenas. Entonces entraban en un local y los treintañeros como Sergi y como yo las miraban empalmando, soñando despiertos (y algo borrachos) lo fantástico que sería ser novio de alguna de esas bellezas no sólo unas horas, sino la vida entera. Pero entonces ellas no devolvían las mirada; la apartaban. Porque cualquiera que quisiera hablar con ellas era insuficiente; el hombre perfecto nunca venía al local. Y los tipos como Sergi y yo, en 1983, volvían a casa sintiéndose unos capullos. Una paja y a dormir. Y si no me duermo y viene el coco, cuidado no me lo folle porque voy francamente salido por culpa de esas mujeres que se visten con conjuntos elegantes, se maquillan y huelen muy bien. Se han vestido así para practicar ese innobre arte del mírame y quédate con las ganas. Con el tiempo las tornas cambian: ahora la misma mujer que se creía Brigitte Bardot me mira con cara de salida. Y yo la miro y pienso: que te den. Con la misma falta de piedad que ellas mostraron a los tipos como Sergi y como yo hace 25 años. Y bebo, y bailo, y río y por si fuera poco, cuando voy al baño, me topo con una rubia estupenda más joven que yo que me da el móvil y me pide que la llame. Olé por ella. Esto sí que es hacerlo fácil, nena. No lo dudes; te llamaré.


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